Parkinson: hacer más de ocho horas de actividad física a la semana podría ayudar a frenar el deterioro del movimiento y la memoria

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La actividad física podría desempeñar un papel importante en la evolución de la enfermedad de Parkinson, no solo por sus beneficios para la movilidad, sino también por su posible relación con una menor pérdida de las capacidades cognitivas. Un nuevo estudio encontró que los pacientes que permanecían más tiempo activos durante la semana experimentaban un deterioro más lento de los síntomas motores y de las habilidades relacionadas con el pensamiento y la memoria.

La investigación, publicada el 7 de octubre en la revista científica Neurology, identificó los mayores beneficios entre las personas que acumulaban más de ocho horas de actividad física semanal. Aunque los resultados no demuestran que el ejercicio detenga la enfermedad, aportan evidencia sobre la importancia de mantener una vida activa para quienes viven con este trastorno neurodegenerativo.

«Nuestro estudio encontró que la actividad física puede tener beneficios duales, con asociaciones a un descenso más lento en el movimiento y la cognición», explicó el investigador principal, el doctor Dong-Woo Ryu, de la Universidad de Cincinnati, en Ohio, mediante un comunicado de prensa.

¿Cómo se realizó el estudio sobre el Parkinson y la actividad física?

Para analizar la relación entre el movimiento y la evolución de la enfermedad, los investigadores siguieron a cerca de 300 personas con Parkinson de intensidad leve a moderada durante un periodo de hasta siete años. Al comienzo de la investigación, los participantes tenían una edad promedio de 66 años.

Durante el seguimiento, los pacientes informaron cuántas horas dedicaban semanalmente a la actividad física en distintos ámbitos de su vida cotidiana. Esto incluyó el movimiento realizado en el trabajo y en el hogar, así como el ejercicio asociado con pasatiempos y actividades recreativas.

Además, los participantes se sometieron a evaluaciones anuales para medir la evolución de los síntomas del Parkinson y conocer el estado de sus capacidades cognitivas, entre ellas las relacionadas con el pensamiento y la memoria.

Con la información recopilada, el equipo distribuyó a los participantes en tres grupos según el tiempo que dedicaban a mantenerse físicamente activos. El primero incluyó a quienes realizaban menos de cuatro horas de actividad a la semana; el segundo, a quienes acumulaban entre cuatro y ocho horas, y el tercero, a quienes superaban las ocho horas semanales.

Al comparar los resultados, los investigadores observaron que las personas del grupo con mayor actividad física presentaban una progresión más lenta de los problemas motores y cognitivos. Esta asociación se mantuvo incluso después de considerar otros factores que podían influir en los resultados.

Los científicos también encontraron que dedicar más tiempo al ejercicio vigoroso se relacionaba con una evolución más favorable de algunos síntomas. Entre las actividades consideradas de mayor intensidad se encuentran trotar, practicar ciclismo a velocidad elevada, jugar deportes de equipo, disputar partidos individuales de tenis, palear tierra y cargar objetos pesados.

Sin embargo, los hallazgos no establecen una cantidad de ejercicio que garantice una evolución más lenta de la enfermedad. Tampoco permiten asegurar que las personas que hacen más actividad física necesariamente tendrán menos complicaciones, ya que el estudio identificó asociaciones y no una relación directa de causa y efecto.

¿Por qué el ejercicio podría beneficiar al cerebro?

La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo que afecta principalmente la capacidad de controlar los movimientos. Entre sus manifestaciones se encuentran la lentitud motora, la rigidez y las dificultades de equilibrio, aunque los síntomas y su intensidad varían entre pacientes.

Conforme avanza la enfermedad, algunas personas también desarrollan alteraciones cognitivas que pueden afectar la atención, el razonamiento y la memoria. Por ello, comprender qué factores podrían contribuir a preservar tanto las funciones motoras como las mentales es una de las líneas de interés para la investigación científica.

Aunque el estudio no identificó los mecanismos biológicos responsables de las diferencias observadas, sus autores plantearon varias explicaciones posibles sobre los efectos de la actividad física en el cerebro.

Una de ellas es que el ejercicio favorezca el flujo sanguíneo cerebral, lo que contribuiría al suministro de oxígeno y nutrientes necesarios para el funcionamiento de las células nerviosas. Otra posibilidad es que la actividad física ayude a reducir procesos inflamatorios que pueden afectar al sistema nervioso.

Los investigadores también señalaron que el ejercicio podría favorecer la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del cerebro para modificar sus conexiones y reorganizarse en respuesta a las experiencias y los estímulos. A esto se suma la liberación de sustancias bioquímicas que pueden contribuir a proteger las células cerebrales y favorecer su funcionamiento.

Estas explicaciones, no obstante, son hipótesis sobre los posibles mecanismos detrás de los resultados y no procesos que la investigación haya demostrado directamente en los participantes.

Mantenerse activo a lo largo del tiempo podría ser importante

Uno de los aspectos que destacó el equipo de investigación es que los posibles beneficios de la actividad física no dependerían únicamente del tiempo dedicado al ejercicio en un momento determinado, sino también de la constancia con la que las personas se mantienen activas.

«Los posibles beneficios de la actividad física para las personas con enfermedad de Parkinson pueden depender de cuánto tiempo permanezcan activas y de si continúan haciendo ejercicio a lo largo del tiempo», señaló Ryu.

Esta observación pone el foco en la continuidad de los hábitos físicos y no solamente en la práctica ocasional de ejercicio. Sin embargo, los resultados no permiten establecer una rutina universal para todas las personas con Parkinson, pues la intensidad de los síntomas, la capacidad de movimiento y las necesidades individuales pueden ser muy diferentes.

En estos casos, la elección de actividades y su intensidad deben adaptarse a las condiciones de cada paciente, con orientación de profesionales de la salud cuando sea necesario. Esto resulta especialmente relevante para quienes tienen dificultades de equilibrio, antecedentes de caídas o limitaciones importantes de movilidad.

Los autores también advirtieron que las diferencias encontradas entre los grupos fueron relativamente pequeñas. Aun así, plantearon que podrían adquirir mayor relevancia clínica si investigaciones futuras siguieran a los participantes durante periodos más prolongados.

El estudio tiene otras limitaciones que deben considerarse al interpretar sus conclusiones. Los participantes contaban, en general, con buenas capacidades de pensamiento y memoria al inicio del seguimiento, por lo que los resultados no necesariamente pueden aplicarse de la misma manera a personas con un deterioro cognitivo más avanzado.

Por este motivo, Ryu subrayó la necesidad de interpretar los hallazgos con cautela y realizar nuevos estudios que permitan comprender mejor la relación entre la actividad física y la progresión del Parkinson.

En conjunto, la investigación refuerza el interés científico por el ejercicio como parte de las estrategias de cuidado de las personas con esta enfermedad. Aunque todavía no se puede afirmar que la actividad física frene directamente la neurodegeneración, los resultados sugieren que mantenerse activo de manera constante podría asociarse con una evolución más lenta de las dificultades motoras y cognitivas, dos de los desafíos más importantes para la calidad de vida de quienes viven con Parkinson.

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