El control del peso durante la adolescencia no depende únicamente de la alimentación y la actividad física. Aprender a reconocer y manejar las emociones también podría desempeñar un papel importante para mantener los resultados a largo plazo, de acuerdo con una investigación que encontró una menor recuperación del peso perdido entre los jóvenes que recibieron orientación para gestionar sus estados de ánimo.
El estudio, publicado el 22 de octubre en la revista científica JAMA Network Open, encontró que los adolescentes que participaron en un programa de control de peso con entrenamiento adicional en regulación emocional tuvieron mejores resultados para conservar el peso perdido un año después de concluir la intervención. Una posible explicación es que aprendieron a recurrir menos a los refrigerios para aliviar el estrés o mejorar su estado de ánimo.
La investigación fue encabezada por Kerri Boutelle, profesora de Pediatría y Psiquiatría en la Universidad de California en San Diego, quien destacó que la pérdida de peso representa solo una parte del proceso. El objetivo, explicó, es proporcionar a los jóvenes y sus familias herramientas que puedan seguir utilizando una vez que termine el acompañamiento profesional.
¿Cómo influyen las emociones en la alimentación?
Comer en respuesta a las emociones es una conducta que puede aparecer cuando una persona busca aliviar sentimientos como la tristeza, el estrés, el aburrimiento o la frustración mediante los alimentos. En estos casos, la decisión de comer no siempre responde al hambre física, sino a la necesidad de encontrar consuelo o una sensación momentánea de bienestar.
Durante la adolescencia, esta relación merece especial atención. Se trata de una etapa de importantes cambios físicos, sociales y emocionales, en la que los jóvenes desarrollan mayor independencia y aprenden a afrontar situaciones cada vez más complejas. Si recurren de manera frecuente a la comida para regular sus estados de ánimo, podrían desarrollar patrones alimentarios que dificulten el mantenimiento de un peso saludable.
Por ello, los investigadores plantearon que los programas de control de peso para adolescentes podrían beneficiarse de un enfoque que no se limite a enseñar qué comer o cuánto ejercicio realizar, sino que también ayude a comprender qué emociones influyen en las decisiones alimentarias.
Así se realizó el estudio con 166 adolescentes
Para evaluar esta posibilidad, el equipo de investigación reclutó a 166 adolescentes con sobrepeso u obesidad y a sus padres en una clínica especializada en control de peso. Los participantes se distribuyeron aleatoriamente en dos grupos, que recibieron intervenciones durante seis meses.
El primer grupo participó en un programa convencional enfocado en una alimentación saludable, la actividad física y la adquisición de hábitos relacionados con el control del peso. Entre las estrategias se encontraban contar calorías, establecer objetivos realistas y evitar los refrigerios.
El segundo grupo recibió la misma orientación, pero con un componente adicional: asesoramiento para identificar, comprender y manejar las emociones. La intención era ayudar a los adolescentes a reconocer la relación entre sus estados de ánimo y sus decisiones alimentarias, de modo que pudieran responder de otra manera ante situaciones emocionalmente difíciles.
Al finalizar los seis meses, ambos grupos consiguieron una pérdida de peso similar. Sin embargo, los resultados mostraron diferencias en la proporción de participantes que alcanzaron una reducción de peso clínicamente significativa. En el grupo que recibió entrenamiento emocional, el porcentaje fue de 26%, frente a 22% en el programa estándar.
Aunque esta diferencia inicial fue relativamente pequeña, el panorama cambió cuando los investigadores evaluaron qué ocurrió después de que terminó el tratamiento.
El dato clave apareció un año después
El seguimiento mostró que aproximadamente 22% de los adolescentes que recibieron entrenamiento para manejar sus emociones lograron mantener el peso perdido un año después del programa. En el grupo que recibió únicamente la orientación convencional, la proporción fue de apenas 4%.
Esta diferencia sugiere que incorporar herramientas para abordar la alimentación emocional podría ayudar a que los resultados de los programas de control de peso sean más duraderos. En otras palabras, el beneficio no necesariamente consiste en perder más kilos durante el tratamiento, sino en reducir la probabilidad de recuperar el peso después de concluirlo.
No obstante, los resultados deben interpretarse con cautela. El estudio evaluó a un grupo específico de adolescentes y no demuestra por sí solo que el entrenamiento emocional sea la causa directa de la diferencia observada. Se necesitan nuevas investigaciones para confirmar el efecto y determinar qué componentes de la intervención contribuyen más a mantener los resultados.
Una pregunta pendiente: ¿por qué funciona el entrenamiento emocional?
Uno de los hallazgos más llamativos fue que los adolescentes que recibieron la intervención adicional no mostraron una mejoría significativa en sus habilidades generales de regulación emocional, de acuerdo con las evaluaciones realizadas mediante cuestionarios.
Este resultado plantea una interrogante: si las mediciones no detectaron una mejora general en el manejo de las emociones, ¿por qué el grupo presentó menos alimentación emocional y un mejor mantenimiento del peso?
Una posibilidad es que el entrenamiento haya ayudado a debilitar la asociación entre las emociones difíciles y la necesidad de comer, sin modificar de manera considerable las habilidades emocionales generales de los participantes. Es decir, los jóvenes podrían haber aprendido a responder de forma diferente ante determinados estados de ánimo, aunque eso no se reflejara en una puntuación global más alta.
Boutelle señaló que es necesario identificar qué elementos de la intervención explican los resultados. Entre las posibilidades se encuentran los cambios en las estrategias de afrontamiento de los adolescentes, la manera en que sus padres responden a las emociones de sus hijos y la interacción entre ambos durante el proceso.
Comprender estos mecanismos permitiría diseñar programas más precisos y adaptados a las necesidades de los jóvenes, además de determinar qué tipo de apoyo conviene ofrecerles para prevenir la recuperación del peso.
El papel de la familia en el control del peso
La participación de los padres también podría ser relevante, ya que el entorno familiar influye en los hábitos alimentarios, la actividad física y la manera en que los adolescentes aprenden a gestionar sus emociones.
Un acompañamiento que favorezca la comunicación y permita hablar de sentimientos sin recurrir a la culpa o a la presión por la apariencia física podría contribuir a construir hábitos más sostenibles. Asimismo, reconocer cuándo el deseo de comer está relacionado con el estrés o la tristeza puede ayudar a explorar otras formas de afrontar esas situaciones.
Esto no significa que comer para sentirse mejor sea, por sí mismo, un problema clínico ni que todos los adolescentes con sobrepeso u obesidad presenten alimentación emocional. La relación entre las emociones, la conducta alimentaria y el peso es compleja, y debe abordarse sin estigmatizar a los jóvenes ni reducir su salud a una cifra en la báscula.
Los investigadores consideran que los próximos estudios deberán analizar con mayor detalle qué aspectos de la intervención produjeron los beneficios observados y cómo pueden incorporarse de manera efectiva a los tratamientos.
La relevancia del hallazgo radica en ampliar la perspectiva del control de peso durante la adolescencia: además de fomentar una alimentación equilibrada y la actividad física, podría ser importante ayudar a los jóvenes a comprender sus emociones y a desarrollar respuestas saludables ante el estrés. El propósito es que los hábitos adquiridos no desaparezcan cuando termina un programa, sino que puedan acompañarlos durante las siguientes etapas de su vida.

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